Sentir,
que es un soplo la vida,
que veinte años no es nada,
que febril la mirada
errante en las sombras
te busca y te nombra.
Vivir,
con el alma aferrada
a un dulce recuerdo,
que lloro otra vez.
que veinte años no es nada,
que febril la mirada
errante en las sombras
te busca y te nombra.
Vivir,
con el alma aferrada
a un dulce recuerdo,
que lloro otra vez.
Santander, mañana del 2 de marzo de 2002. En el desaparecido
Colegio Mayor Juan de la Cosa reina el silencio previo a la tempestad. Los
exámenes de febrero se han diluido en el alcohol de la noche anterior y las
manecillas del reloj avanzan perezosas hacia el mediodía.
La mañana de mi recuerdo es primaveral: quizá soplaba
ligeramente el legendario Sur, pero el sol se extendía como el aceite por la
fachada del edificio y ya se escapaba por las rendijas de la persiana de las
habitaciones más elevadas. Y con ellas, poco a poco, el murmullo creciente de
la multitud futbolera que se desparrama por la ladera que lleva de General
Dávila a Los Castros. Abstracción imposible: poco a poco suenan las persianas
elevándose y se escuchan los primeros pasos nerviosos en el pasillo y algunas
conversaciones lejanas en las que, entre bostezo y bostezo se escucha la
palabra mágica: Racing.

