Sentir,
que es un soplo la vida,
que veinte años no es nada,
que febril la mirada
errante en las sombras
te busca y te nombra.
Vivir,
con el alma aferrada
a un dulce recuerdo,
que lloro otra vez.
que veinte años no es nada,
que febril la mirada
errante en las sombras
te busca y te nombra.
Vivir,
con el alma aferrada
a un dulce recuerdo,
que lloro otra vez.
Santander, mañana del 2 de marzo de 2002. En el desaparecido
Colegio Mayor Juan de la Cosa reina el silencio previo a la tempestad. Los
exámenes de febrero se han diluido en el alcohol de la noche anterior y las
manecillas del reloj avanzan perezosas hacia el mediodía.
La mañana de mi recuerdo es primaveral: quizá soplaba
ligeramente el legendario Sur, pero el sol se extendía como el aceite por la
fachada del edificio y ya se escapaba por las rendijas de la persiana de las
habitaciones más elevadas. Y con ellas, poco a poco, el murmullo creciente de
la multitud futbolera que se desparrama por la ladera que lleva de General
Dávila a Los Castros. Abstracción imposible: poco a poco suenan las persianas
elevándose y se escuchan los primeros pasos nerviosos en el pasillo y algunas
conversaciones lejanas en las que, entre bostezo y bostezo se escucha la
palabra mágica: Racing.
Yo era por entonces uno de tantos estudiantes que vivía un
amor a distancia con el equipo de su ciudad de origen. Era la última gran
temporada del Club Deportivo Logroñés en Segunda B y mi habitación, la típica
de exiliado futbolero, así lo demostraba: poster y bufanda blanquirroja. Pero
en mi caso la ciudad que me había acogido procedente de Logroño no era nueva
para mí. Con media familia cántabra, había escuchado en mi casa los nombres y
fechas de la leyenda: Sañudo, Ceballos, el gol de Pineda, el subcampeonato de
liga y, como no, la leyenda con mayúsculas, Quique Setién. Esta pasión tan
particular, íntima se acrecentaba por el hecho de que mi familia había llegado a
Logroño procedente de Santander casi a la vez que Setién. Y así, cambiamos,
especialmente mi hermano, El Sardinero por Las Gaunas sin que cambiara el actor
principal.
Todos aquellos recuerdos en verdiblanco, tradición oral de
mi familia, se hacían visibles en aquella cálida mañana mientras descendía por
las escaleras para reunirme con el grupo de amigos cántabros con los que, por
primera vez en mucho tiempo, volvería a El Sardinero. Mi ausencia en el estadio durante los meses
anteriores no era casual: estudiante, fuera de casa y con las prioridades
repartidas entre derivadas, integrales y las chicas del Juan de la Cosa. Pero
había llegado el momento de volver; los exámenes eran historia, el rival
directo y el partido, del Plus. Por aquel entonces, el partido del domingo a
las 12h de Canal Plus era la joya de la jornada de Segunda División. Cuando tu
equipo era el seleccionado era síntoma de lo mejor o de lo peor: partido por
ascenso, partido por descenso, rivalidad sana o mortal. Y aquel domingo
visitaba Santander una de las sorpresas de la temporada de Segunda División y
el gran rival del Racing, toda vez que el Atlético había cogido el AVE camino a
Primera.
Camino del estadio, la conversación volaba hacia el análisis
del rival: un Recreativo de Huelva que llegaba a Santander con un aura de
frescura y juventud. La cátedra desmenuzaba la estrategia de un técnico joven y
desconocido, Lucas Alcaraz y los menos entendidos temíamos la calidad de
Benítez y Oscar en el medio campo y, sobre todo, al goleador de la temporada,
Raúl Molina que pugnaba con nuestro Bodipo y Javi Guerrero. Pero en la grada
racinguista cundía un optimismo contenido: tras el cese de Gustavo Benítez con
el equipo en descenso, había llegado un técnico de la casa como revulsivo. En
un guiño del destino, me encontraba volviendo a El Sardinero para volver a ver
al gran ídolo de la familia: Quique Setién.
Huérfano como estaba de indumentaria racinguista, compré la
bufanda que tanto me ha acompañado en uno de los pequeños puestos que rodeaban
el Estadio, y con ella al cuello accedimos a la Gradona. Justo antes de que
suene el silbato, alguien comenta los 3 últimos resultados: 1-4 en Leganés, 4-2
al Levante y 1-2 en el Helmántico. Todo está servido para la victoria del Racing,
televisada ante toda España y que nos llevará a puestos de ascenso.
Nada más lejos de la realidad. Sin llegar a las 2 de la
tarde, el comedor del Colegio Mayor es un funeral: mezcla de los últimos en
limpiar su resaca y los que volvemos del partido. 1-5. Destrozados por un Recre
eficaz, rápido, fresco. Víctimas de la propia virtud del fútbol de Setién:
líneas adelantadas, fútbol rápido y eléctrico, de toque y calidad. Cataclismo
en Santander, acrecentado por el viaje a El Molinón en la semana siguiente.
Desencantado con el fútbol, ya se sabe, siempre injusto, me retiré la bufanda y
la lancé al fondo del armario. Allí pasó la noche siguiente, víctima del
despecho.
Al día siguiente, mientras recogía los apuntes, miré a mi
bufanda del Logroñés y la sentí sola. Enferma de la misma soledad que sentía yo
cada domingo por la noche esperando a escuchar el resultado de mi equipo en la
ronda de las 8. Y en ese momento pensé
que, si mi infancia había sido racinguista y blanquirroja también lo sería mi
vida en adelante. Y busqué mi bufanda en el armario y la coloqué junto a la
blanquirroja de donde sólo se bajó ese año para celebrar el ascenso tras el 1-0
en la jornada 41 frente al Atlético en El Sardinero. Nunca he querido más a dos
bufandas de mi colección, ni las he vestido más, que esas dos.
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| Moratón celebra con Bodipo el gol del ascenso |
Pienso en cómo escribiría esta historia un estudiante como
yo que hoy viviera en Santander y volviera como yo a El Sardinero. Ya no podría
vivir en el Juan de la Cosa, y no compraría una bufanda de lana como la mía,
sino una en la que reza “Fuera chorizos” Ya no vería al legendario Nando Yosu
en la banda junto al entrenador, y a cambio tendría que hacerse una lista de
casi dos páginas con los técnicos que han desfilado este año por Santander.
También tendría dificultades para saber cuando juega su equipo, víctima de un
calendario televisivo loco. Y seguramente podría seguir al equipo de su casa
desde internet en tiempo real. Supongo que ya no necesitaría ocupar su corazón
con un amor en el nuevo puerto.
Jesús Fernández




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