“Nunca pensé que se podía esperar tanto en una cola”, ese
era el pensamiento que rondaba mi cabeza mientras escuchaba el ruido
proveniente del estadio, bueno, si a eso se le podía llamar una cola, era más
bien un batiburrillo de gente en torno a un par de ventanillas intentando sacar
las entradas para ver un Inter – Cagliari que ya había comenzado hace unos
minutos.
Alrededor de una hora antes de que ese pensamiento
asaltase mi cabeza, salí del hotel, el trayecto hasta el estadio estaba ya aprendido,
pues esa misma mañana había realizado la visita al estadio. No tenía perdida,
cogí el metro, me pare en la estación de Lotto y recorrí andando el trayecto que
separaba la estación del estadio, del Giusseppe Meazza. Mientras caminaba poco
a poco iba sintiendo una sensación de nerviosismo, pues no era para menos, iba
a disfrutar de un partido en uno de los campos míticos del fútbol europeo,
aunque el rival de esta ocasión no fuera de tanta enjundia. El ambiente poco a poco se fue envolviendo de
esa mística que tienen los alrededores de un campo de fútbol antes de los
partidos, los tenderetes con sus bufandas y banderas, los puestos de comida
rápida, los sonidos de las trompetas y turutas de los aficionados. Con todo
este ambiente el nerviosismo iba en aumento, hasta que llegó el momento de
comprar la entrada.
