“Nunca pensé que se podía esperar tanto en una cola”, ese
era el pensamiento que rondaba mi cabeza mientras escuchaba el ruido
proveniente del estadio, bueno, si a eso se le podía llamar una cola, era más
bien un batiburrillo de gente en torno a un par de ventanillas intentando sacar
las entradas para ver un Inter – Cagliari que ya había comenzado hace unos
minutos.
Alrededor de una hora antes de que ese pensamiento
asaltase mi cabeza, salí del hotel, el trayecto hasta el estadio estaba ya aprendido,
pues esa misma mañana había realizado la visita al estadio. No tenía perdida,
cogí el metro, me pare en la estación de Lotto y recorrí andando el trayecto que
separaba la estación del estadio, del Giusseppe Meazza. Mientras caminaba poco
a poco iba sintiendo una sensación de nerviosismo, pues no era para menos, iba
a disfrutar de un partido en uno de los campos míticos del fútbol europeo,
aunque el rival de esta ocasión no fuera de tanta enjundia. El ambiente poco a poco se fue envolviendo de
esa mística que tienen los alrededores de un campo de fútbol antes de los
partidos, los tenderetes con sus bufandas y banderas, los puestos de comida
rápida, los sonidos de las trompetas y turutas de los aficionados. Con todo
este ambiente el nerviosismo iba en aumento, hasta que llegó el momento de
comprar la entrada.
He aquí donde volvemos al inicio de esta historia, lo que
parecía que iba a ser una bonita tarde-noche de fútbol, se convirtió en una
tarde-noche de espera y fútbol, más o menos a partes iguales.Había varias taquillas, las cuales se encontraban en unas casetas repartidas por los aledaños de estadio, me decidí por una de ellas y me puse a la cola. Una vez colocado pude revisar la lista de precios, las entradas no me parecían excesivamente caras, por lo que me decanté por coger una entrada en el segundo anillo. De aquella cola no me moví hasta pasada prácticamente una hora. Durante la larga espera mi nerviosismo se fue acrecentando, en un principio cuando la megafonía comenzó a cantar las alineaciones, seguido cuando empecé a percibir por la hora de mi reloj que el partido había empezado y por último cuando a los pocos minutos de iniciarse el partido Ranocchia marcaba el 1 – 0 para los locales.
El tiempo pasaba y la cola seguía moviéndose lentamente,
principalmente motivada por la parsimonia de
los empleados de las taquillas a la hora de teclear los nombres de los
aficionados en el ordenador, ya que como muchos sabréis, en Italia las entradas
son personalizadas y a la hora de comprarlas te piden el DNI.
Finalmente después de una larga espera, conseguí mi entrada,
pero la odisea no terminaba ahí, una vez conseguida tenía que llegar hasta mi
asiento. Después de pasar mi entrada por el torno, me tope con el primer
controller, me revisó mis pertenencias y
pude continuar mi camino. Al llegar a las primeras puertas de acceso al estadio me
abordó un segundo controller, está vez tan solo revisó mi entrada y me indicó
por donde debía acceder a mi asiento.
Prácticamente ya estaba conseguido, después de unos
minutos de ascensión por una escalera
que parecía de caracol llegué al segundo anillo. "¡Por fin!", en ese momento lo
que menos me importaba era en que asiento debía sentarme, por lo que opte por
colocarme en uno cualquiera, el partido estaba más que empezado y di por hecho
que nadie lo reclamaría.
Del partido poco que contar, el Inter tuvo pocas
ocasiones y las que tuvo entre los 3 palos fueron tiros fáciles para el portero
del conjunto cerdeño, por el contrario el Cagliari en los minutos finales acabó
encerrando al Inter, acoso y derribo contra la portería de Julio César.
Finalmente el marcador no se movió, el gol de Ranocchia marcado en los primeros
impases del partido dió los tres puntos al Inter de Leonardo, un gol que no
debería haber subido al marcador debido a un clamoroso fuera de juego del
defensa interista.
Acabado el partido, deje el campo apenado, pues no había
visto, ni disfrutado el partido deseado, pero aun así me acerque a uno de los
tenderetes que todavía quedaban sin recoger y compré para el recuerdo, como no,
una bufanda.
Iñigo Pulido

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