En recuerdo del 19 de mayo de 1996, último de los
ascensos a Primera del Club Deportivo Logroñés y de todos los Simeón que lo defendieron dentro y fuera del campo.
Muchos libros, y sobre todo muchos abuelos como el mío,
guardan historias; mitad leyenda, mitad realidad, sobre el episodio nacional
más triste de nuestro último siglo, la Guerra Civil. Una de las historias más
populares que yo escuché de viva voz en Santander de mi añorado abuelo Martín y
que luego volví a recordar leyendo el gran cómic “El arte de volar” (Kim i
Altarriba, Ediciones Ponent, 2009) era la que se refería a las alpargatas de
Durruti.
A grandes rasgos, el leonés Buenaventura Durruti fue el principal líder anarcosindicalista en los inicios de la Guerra (falleció en la Ciudad Universitaria de Madrid de forma enigmática en el 36) y sin duda el gran icono del bando republicano durante los meses que duró la contienda. Su gran carisma y el aura de misticismo que lo rodeó en su vida y en su muerte, hizo que pronto se extendiera por toda la Península una gran cantidad de relatos casi sobrenaturales que, de no tratarse de una figura revolucionaria, serían más propias de un santo. Así, durante los meses sucesivos a su muerte en el bando republicano no resultaba extraño, según me relataba mi abuelo, que los milicianos se encomendaran a su figura antes de entrar en combate. Especialmente la columna militar que él mismo comandó, y cuyo nombre seguía sembrando el pánico entre las filas nacionales: la terrible Columna Durruti.
Obviamente,
el calzado de nuestro misterioso protagonista no fue ajeno a la leyenda y al
misticismo, especialmente durante la Batalla del Ebro, en pleno 38, cuando
durante el reparto del rancho diario bajo el estruendo de los obuses, alguien
dijo que subastaba unas alpargatas. No unas cualquiera, sino las de Durruti.
Las mismas que había vestido a su muerte, y que sencillas como eran, de esparto
y tela blanca, representaban el espíritu de humildad, igualdad y libertad por
el que todos los jóvenes allí presentes luchaban. Él, decía el joven miliciano
con las zapatillas sucias en la mano, volvía a casa tras llegar su reemplazo, y
no las necesitaba. Según él, le habían protegido de forma milagrosa en Teruel,
y anteriormente a un camarada suyo en Brunete, que se las había confiado como
recuerdo de su amistad. Con estas referencias y la fe que dan los ideales, la
puja fue breve. Simeón, un hombretón de Villamediana de Iregua, que compartía
trinchera con mi abuelo, las cambió por lo poco que llevaba encima y las echó
al macuto, en el que estuvieron hasta que volvió a su casa en La Rioja, tras un
breve paso por el Castillo de Montjuic. Cuando muchos años después volvimos a
visitarlo, ya anciano, apenas le quedaban recuerdos, castigado por una demencia
severa.
Sin embargo, al recordar las alpargatas, a Simeón aún se le
iluminaban los ojos, y miraba a mi abuelo con el mismo gesto con el que lo
había hecho mientras limpiaban los fusiles antes de saltar al campo de batalla
al primer toque de silbato.
Otro
toque de silbato, un poco más al sur del Frente del Ebro, y poco más de 60 años
después, un 19 de mayo de 1996. También se escuchan gritos de una muchedumbre,
pero no hay ni rastro de dolor ni de violencia. Silbido corto, silbido corto y
uno más largo y prolongado, casi inmortal. El autor, un catalán: Lloch Andreu.
Y a su final, explosión de alegría. Ese ejército ha llegado al frente de
Toledo, al campo de batalla de El Salto del Caballo en decenas de autobuses
desde un lugar lejano, como Logroño. Al frente de esa columna, tan heterogénea
e inexperta como los primeros milicianos de Durruti, iba el General Juande
Ramos, con un mariscal de campo llamado Mino, que se encargaba de ejecutar la
estrategia en cualquier batalla de aquella larguísima guerra, un francotirador
preciso llamado Parada y un verdadero tanque blindado llamado Manel.
Acompañándoles, miles de uniformados en blanco y rojo, en desordenada
formación. Banderas, tambores y gritos de guerra. Hasta alguna bengala como
fuego de distracción.
Entre aquellas huestes se encontraban soldados curtidos en
mil batallas: la de Oviedo, la de El Sadar, y los más veteranos habían incluso
defendido la fortaleza de Las Gaunas cuando no era más que una grada de madera
rodeada por una cerca y un seto. Los más mayores procuraban calmar a los
inexpertos mientras bebían en El Zocodover: sabían que había batallas peores
que aquella de Toledo y por ello les recordaban a los imberbes que disfrutaran
de la experiencia. Ganaran o perdieran, la vida seguiría, y en unos meses
comenzaría otra guerra, mucho menos prometedora que la que terminaba aquella
tarde, entre intercambio de bufandas con los aficionados toledanos.
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| Otro recuerdo de una tarde mágica: bufanda del CD Toledo intercambiada el 19 de mayo de 1996. |
Los 90 minutos, recuerdan las crónicas, fueron a vida o
muerte sobre el verde. Sin concesiones, ganándose cada metro golpe a
golpe. El cañonazo del pánzer Manel,
respondido por una emboscada de Pardina y Víctor. Las tropas blanquirrojas
recibiendo noticias desfavorables desde el otro extremo del fuerte, Mallorca.
Las transmisiones de radio, saturadas. Los equipos médicos listos para entrar a
atender las primeras bajas en las filas. Tensión, humo de puro y gritos de nerviosismo
y ánimo. Minuto 76, una bala perdida de otro soldado Simeón, de nombre José
Vicente, rompe las filas locales y un cuarto de hora después la batalla se da
por finalizada con victoria. Historia pura logroñesa, una medalla ganada en
Toledo para los testigos en directo de la gesta.
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José Vicente Simeón celebra el gol del
ascenso en Toledo. A su espalda, Manel. (Fuente: lariojacom)
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En mitad de la algarabía, alguien lanza al héroe de la
batalla una bufanda del Club Deportivo Logroñés. Antigua, de las de lana y
serigrafiadas. Simeón la recoge, la agita, besa el escudo, y la devuelve a su
dueño, un jovencito que ha acompañado a su padre hasta Toledo para vivir su
primer gran recuerdo en blanco y rojo. La bufanda le acompañaría mucho tiempo
después, hasta un 18 de enero de 2009. Después de ver que en Navarrete se
acababa la historia del club de su vida, despechado y con lágrimas en los ojos, volvió a casa y
tras encender el ordenador, accedió a Ebay
para poner en venta la bufanda. El anuncio, simplemente, decía:
“Vendo bufanda del Club
Deportivo Logroñés. En buen estado. Me ha acompañado desde el ascenso a Primera
en 1996, cuando acompañó a Simeón en la vuelta de honor. Anteriormente,
acompañó a mi abuelo, también llamado Simeón, en los ascensos de la 49-50, 65-66,
69-70, 83-84 y 86-87.Creo que es milagrosa. Recogida, preferentemente en
Villamediana de Iregua.“
Si os
preguntáis si esa bufanda o Simeón el miliciano existen, aquí los tenéis.
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Simeón, en plena mili, antes de que
fuera llamado a filas.
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La bufanda de Simeón, un pedacito de
historia.
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Y si aún buscáis un pedacito de historia, con o sin balón de
por medio, pasaos por www.traperiadeklaus.com
Quizá encontréis algún objeto con magia, con eco del pasado. Como una bufanda
de Durruti.
Jesús Fernández




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